Nuestros lectores sabrán apreciar el arrojo de una mujer que, dejando atrás las comodidades, se lanzaba a los escarpados caminos sin temer a la furia de los elementos. Ya fuese en carreta o a caballo, el llamado de auxilio de un hogar afligido era orden suprema para doña Juana, quien convertía la tempestad en un manso y cálido refugio de vida al cruzar el umbral de las viviendas.
Ha llegado a conocimiento de esta redacción la entrañable memoria de doña Juana Tabárez, venerable figura que, aunque hoy parezca difuminarse en el olvido de muchos, perdura imborrable en los relatos de respetables familias de nuestra región. Según noticias dignas de crédito, innumerables almas de esta tierra han reposado en sus brazos durante los primeros instantes de su existencia, recibiendo el amparo de su cálida sonrisa y su noble espíritu. Es menester destacar que la señora Tabárez, ilustre comadrona de oficio, abrazó el abnegado arte de partera en épocas de singular crudeza, cuando la pobreza asolaba nuestros campos y los remedios de la ciencia médica y la higiene eran bienes en extremo escasos. Frente a la ausencia de aquellos amparos modernos que hoy protegen a las mujeres encinta, ella supo forjarse un sendero a fuerza de indomable coraje, aguda experiencia y una compasión inquebrantable, erigiéndose como un auténtico pilar en el desarrollo de nuestra incipiente comunidad. Conviene señalar que sus raíces provienen de un linaje numeroso, siendo sus progenitores don Silvestre Tabárez y doña Carmen Piada. En su juventud contrajo sagrado matrimonio con el ciudadano español don José García, legítimo heredero de don León García y doña Baldomera Azofra. Nuestros lectores sabrán apreciar el sacrificio de sus primeros años de casada, consagrados a la noble crianza de su prole y a secundar a su esposo en duras faenas rurales. Se ha podido constatar que acompañaba las arduas labores de alambrado en los vastos dominios de Piria, transitando los escarpados caminos en una humilde carreta que cobijaba a sus hijos y los enseres para el sustento diario. El tiempo, en su inescrutable sabiduría, la condujo luego a ejercer como partera, auxiliando a una multitud de madres en la villa de San Carlos y su vasta campaña. Quienes la trataron la recuerdan morando en un espacioso rancho, en la intersección de las actuales vías de Alvariza y Reyles, predio que antaño lucía engalanado por frondosos perales. Su estampa ha causado singular interés: poseía una complexión corpulenta, un rostro dulcísimo surcado por las huellas de su incesante labor, cabellos cenicientos y un característico ropaje oscuro que le otorgaba respetable severidad, siempre escoltada por una recia valija de cuero donde custodiaba los instrumentos de su piadoso oficio. No deja de llamar la atención su inagotable trajinar, acudiendo al llamado de los afligidos a lomo de caballo, en carro o carruaje, sin reparar en la inclemencia del tiempo ni en las distancias. Su sola presencia infundía sosiego en los hogares, sin jamás perseguir lucro alguno. Muchas veces su única recompensa consistía en frutos de la tierra, obsequiados por los paisanos agradecidos. Su tránsito terrenal concluyó el doce de agosto del año treinta y cinco, pero su gloria perdura. Hoy, allende la vía férrea, en el barrio Halty, una arteria lleva orgullosa su ilustre nombre, rindiendo perenne homenaje a quien entregó su vida para que otros nacieran a la luz de este vasto mundo terrenal.