Según noticias dignas de crédito, el progreso cultural de nuestra amada tierra halla su génesis en valientes iniciativas como la que hoy nos convoca. Atrévase a indagar en la admirable metamorfosis de un recinto que transitó del arrendamiento ocasional a convertirse en la indiscutida joya arquitectónica del próspero departamento oriental.
Ha llegado a conocimiento de esta redacción, a través de despachos fehacientes llegados a nuestra imprenta, la admirable gesta cívica que ha tenido lugar en la benemérita Villa de San Carlos, erigida en torno a la histórica intersección de las rúas de Treinta y Tres y del heroico Coronel Don Leonardo Olivera. Según noticias dignas de crédito, en los calurosos días de noviembre del año de gracia de mil ochocientos noventa y uno, postrimerías del estío, un grupo de prohombres de espíritu inquieto, reunidos en amenas tertulias, dio a luz una loable asociación para el fomento de la sociabilidad y el cultivo de las artes. Es menester destacar que, en aquellos tiempos en que las vías públicas carecían aún del noble adoquín, nació la mentada Sociedad Unión, preclara institución destinada a guiar a la pujante población carolina hacia los albores de un nuevo siglo. Conviene señalar que los primeros certámenes de esta egregia sociedad hallaron digno cobijo en recintos arrendados, brillando con luz propia la afamada Confitería de Don Francisco Bonanza, situada en la calle del Dieciocho de Julio, donde la flor y nata de la vecindad se daba cita para el deleite del espíritu. No deja de llamar la atención el tesón de estos pioneros, pues, una vez afianzados sus cimientos morales y económicos, procedieron a la adquisición del coliseo perteneciente a la Sociedad Progreso Carolino, recinto que hoy enorgullece a la villa como su sede definitiva. Se ha podido constatar que, a partir de entonces, el proscenio carolino se erigió en el epicentro indiscutido del arte y la elocuencia de la región. Nuestros lectores sabrán apreciar el mérito de aquellas magnas veladas, como el eximio concierto de violín y piano ejecutado por los señores Cesáreo Ramos y Olindo Antonelli en el mes de las luces de mil novecientos veinticinco, o la apoteósica presentación de la compañía de dramas de Doña Teresa Lacanou, que brindó cinco memorables funciones en octubre del año siguiente. Ha causado singular interés la fastuosa remodelación consumada el seis de enero de mil novecientos veintinueve, fecha en la cual, mediante un baile de inusitada pompa y elegancia, se desveló la renovada y majestuosa arquitectura que hoy maravilla a propios y extraños. Este suntuoso recinto ha tenido el altísimo honor de acoger a las más excelsas personalidades del parnaso literario, el teatro y el pensamiento, tales como el bardo Juan Zorrilla de San Martín, la preclara Juana de Ibarbourou, la insigne Margarita Xirgú y el aclamado Atahualpa Yupanqui, sumándose recientemente voces de honda estirpe popular como el señor Alfredo Zitarrosa, Los Olimareños y la agrupación Los Iracundos, engalanando permanentemente nuestras crónicas orientales. Semejante legado, forjado con el férreo tesón y la preclara inteligencia de sus beneméritos fundadores, constituye sin duda alguna un sagrado e inestimable tesoro patrimonial que los dignos ciudadanos de esta próspera república tienen el ineludible y soberano deber de conservar, reverenciar y legar intacto a las futuras generaciones de la patria.